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Opinión - Editorial


La fuerza de las ideologías debería identificar a los partidos políticos



Las organizaciones electorales pierden identidad política cuando se convierten en simples fábricas de avales que aspiran a colocar el mayor número de gobernadores y alcaldes, diputados y concejales, para cobrar los subsidios electorales con los cuales sobrevive una añeja y apoltronada burocracia, que se pelea la representación en los cargos públicos de manera mecánica, pero sin ninguna convicción ideológica. Somos en este diario, la voz que clama en el desierto por el fortalecimiento de los partidos históricos, que han sido considerados como las grandes catedrales de la democracia. El ejemplo de los países civilizados donde hay partidos políticos fuertes, capaces de ejecutar un programa de gobierno, es lo que queremos para este país, al que le han arrebatado la fe por cuenta de las falsas promesas y de los antagonismos que se dan silvestres en diferentes regiones del país.

En el Capitolio Nacional de Colombia, que está considerado como el Palacio de las Leyes, no fueron capaces de eliminar esa absurda norma que faculta la recolección de firmas para la inscripción de cualquier ciudadano que se declare en rebeldía contra los partidos políticos legalmente reconocidos por el Consejo Nacional Electoral. Eso no le conviene a la democracia colombiana, porque nadie le puede exigir a un grupo disperso y anárquico de ciudadanos que le firman un papel de respaldo a candidatos amorfos, incoloros e inocuos, que se colocan la máscara der candidatos cívicos, con menoscabo del credo político que profesaron sus antepasados, muchos de ellos que ofrendaron sus vidas en los campos de batalla de Palonegro y Peralonso en Santander, unos, los conservadores,  agitando las banderas azules y otros, los liberales,  tremolando las banderas rojas, que fueron los símbolos de los partidos históricos.

Como lo dijo en su momento el dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado, los partidos históricos en Colombia se han convertido en gavillas de cómplices que se olvidaron de la ideología, de los principios tutelares de su identidad y que sobreviven de la simple mecánica electoral, sin contenidos programáticos, indiferentes ante la realidad del país, que afronta enormes peligros en las zonas de frontera y que tiene muchos puntos geográficos débiles, especialmente por la pretensión expansionista de países vecinos como Venezuela y Nicaragua,  y donde esta clase dirigente, perezosa y cobarde,  quieren dejar en cabeza del señor Presidente Iván Duque todas responsabilidades inherentes a la preservación del orden público y al desarrollo de la actividad productiva del país.

Mientras en el partido conservador, a nivel nacional, se pelean los pequeños espacios en los directorios regionales, como si fueran botín de caza de ciertos personajes que han venido manipulando y perjudicando el proceso unitario de las diferentes regiones de Colombia, en el partido liberal cada senador es una ínsula barataria, dividida en medio centenar de pedazos, a la medida de las ambiciones de cada congresista, abriéndole una trocha impresionante a los candidatos de izquierda para que se conviertan en los nuevos amos del país, como ocurre en Santander con un monigote que le vendió la curul de senador con sus 84 mil votos, al partido comunista del Valle del Cauca, provocando un deterioro de las transferencias que la nación puede entregarle a los departamentos, de acuerdo con el número de congresistas. 

Es una lástima que se haya perdido la identidad programática de los partidos históricos y que sus organizaciones internas hayan perdido el norte de su propio destino. Pero es igualmente absurdo que, existiendo catorce partidos políticos reconocidos por el Consejo Nacional Electoral, sigan inscribiendo candidaturas cívicas, unipersonales, que atomizan los recursos electorales, los votos de los ciudadanos, resquebrajando la identidad política regional, que años atrás influía en la elección del presidente de la república, los gobernadores de los departamentos y los alcaldes de los municipios. La democracia, vista de esa manera, pierde su esencia y deja a los ciudadanos al garete, como lo hemos visto en la desastrosa gestión del ingeniero Rodolfo Hernández como alcalde de Bucaramanga.    



Publicacion: Miercoles 6 de Marzo de 2019 


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