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La finalidad de las plantas para el hombre



La finalidad de las plantas para el hombre | EL FRENTE Independiente de cualquier credo religioso, las plantas y sus principios activos curan. En ningún momento estamos en contra del desarrollo de la medicina, o el conocimiento ortodoxo; como no reconocer el invento del microscopio y el antibiótico de la Penicilina; éste último procedente de elementos o productos naturales.

Por: Ing. Agr. Rigoberto Abello Soto

Pero igualmente en la historia del hombre prehistórico, cuando su subsistencia se basaba como cazador de arco – flecha y otros elementos rudimentarios; y en una etapa posterior, cuando se vio obligado a sembrar y aparece la agricultura, viene posteriormente el desarrollo industrial (industria farmacéutica) y se apodera del mejor negocio conocido en la historia del hombre, como el Negocio de la Enfermedad, apoyado por la industria internacional y políticos en el mundo entero.

No fue en vano que Dios dotó a la naturaleza de tan rica y variada flora medicinal. Al explayar el Señor Todopoderoso, con mano liberal, sus socorros en la naturaleza, no hizo más que proveernos de recursos para cada una de nuestras necesidades, para cada uno de nuestros dolores.

No hay necesidad que no sea cubierta, ni dolor que no sea aliviado, por los medios que Dios puso a nuestro alcance en la naturaleza.
“Y dijo Dios: produzca la tierra hierba verde, hierba que dé simiente; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su simiente esté en él, sobre la tierra; y fue así. Y produjo la tierra hierba verde, hierba que da simiente según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya simiente está en él, según su género: y vio Dios que era bueno”. Génesis 1:11, 12.

“… y su fruto será para comer, y su hoja para medicina”. Ezequiel 47:12.

La llamada ciencia terapéutica data desde la remota antigüedad. No queremos decir que remonte hasta el comienzo del mundo, porque el hombre fue criado perfecto, sin el menor vestigio de dolencia o propensión para la enfermedad. Pero, durante casi 6.000 años transcurridos desde la creación, su resistencia física disminuyó grandemente, a cusa del atropello y falta de respeto a las leyes de la naturaleza. Sin embargo, la raza humana no se extinguió todavía, por el continuo proceso de degeneración, gracias al maravilloso poder de resistencia de que fue dotado el primer hombre.

Efectivamente, a pesar de esa ininterrumpida degeneración, el hombre hoy, todavía alcanza edades avanzadas de 80, 100, 120 años; lo que nos facilita comprender cómo el hombre, hace cinco milenios, llegaba a cerca de mil años de edad, como sabemos de los ante-diluvianos.

Fue desde el diluvio hasta ahora que la degeneración se manifestó cada vez más profunda. Desde entonces especialmente, es que la humanidad ha decaído más y más transmitiendo enfermedades sobre enfermedades de padres a hijos.

Y desde que comenzaron a aparecer enfermedades, los hombres, como es lógico, trataron de combatirlas como mejor sabían. La naturaleza fue sin duda, el primer médico, el primer venero de remedios, la primera farmacia, el primer hospital a que el hombre recurrió.

El primero, o uno de los primeros métodos que se ofreció fue el tratamiento mediante las propiedades medicinales de las plantas. Instintivamente el animal irracional toma provisiones contra la enfermedad y cuando está doliente recurre a las hierbas curativas. El hombre, como ente superior, dotado de inteligencia, desde muy temprano notó este gesto instintivo de los animales y orientado por observaciones propias, constató que en las hierbas hay poder curativo. Así comenzaron las investigaciones mediamente experimentos y se descubrió que tales y tales hierbas son buenas para sus correspondientes fines. Por allí se explica que todos los selváticos saben tratarse bien con hierbas.

El buey, o el caballo –por ejemplo- conocen el alimento que les fue ordenado por nuestro Criador en el principio, más el hombre no. Hallándose el buey al lado del caballo, uno no tiene el menor miedo de que el otro lo devore. Pero no es así ya entre el buey y el hombre, a pesar de la ostentosa civilización del siglo XX. El hombre es para el buey lo que el tigre es para el hombre: un ser ingrato, traicionero y muy peligroso, capaz, en cualquier momento, de deleitarse devorando su cadáver. ¡Si los animales pudiesen hablar, qué pleito no sostendrían con el hombre!

El animal, por instinto sabe lo que debe comer. Pero el hombre, con la inteligencia que le fue dada, no sabe.

Por su condescendencia con los apetitos pervertidos, perdió casi completamente la semejanza de Dios y el luminoso camino de la sabia naturaleza. El hecho de que Dios creó al hombre como un ser vegetariano, durante cuyo régimen alcanzó a vivir hasta cerca de mil años de edad, es generalmente ignorado por la humanidad de nuestros días.

A pesar del progreso del conocimiento, aquello es considerado como una fábula. ¡Extraña anomalía! Lo cierto es que el hombre sigue un camino errado en lo que concierne al verdadero modo de vivir y no sabe lo que necesita para mantenerse sano.

Por instinto, el animal también sabe curarse por los medios naturales que Dios hizo provisión en la naturaleza: El ayuno, el sol, las hierbas, la tierra, etc. Pero el hombre, a pesar de los dones que posee, razón, inteligencia, voluntad, etc., sustituye los medios naturales por los artificiales, de su propia invención. La naturaleza es tan perfecta, justamente por ser obra de un Artífice Omnisciente, que todo lo artificial es en realidad un yugo innecesario.

Para el animal, cuando está enfermo, el curarse con hierbas es cosa tan instintiva como el beber agua cuando tiene sed. Con lo que manifiestan su estricta relación con la naturaleza. Y es justamente esta relación perdida, que el hombre tanto necesita para restaurar y conservar su salud.

Muchas enfermedades resultan de una respiración impropia y del aire impuro. Las enormes cantidades de gas carbónico desprendidas diariamente de las fábricas y vehículos de combustión interna  las grandes masas de bióxido de carbono exhaladas por más de 2 millones de seres humanos existentes en el globo terrestre, contaminan constantemente nuestra atmósfera.

Más el Sabio Creador dispuso todas las cosas de tal manera que por una ley de compensación, el gas carbónico sea reabsorbido, para purificar la atmósfera, en un proceso ininterrumpido. Es al reino vegetal que cabe en parte, la incumbencia de absorber los gases perjudiciales que continuamente salen por las chimeneas de las fábricas y tubos de escape de los vehículos, y devolver el oxígeno al aire. La mayor parte de esos gases es con todo, absorbida por los ríos, lagos y mares.

Un pedazo de carne sacado del cuerpo de un animal, no es más que un poco de materia en putrefacción henchido de venenos, sumamente nocivos para el organismo humano. Y en conformidad con las leyes de la naturaleza, debe ser enterrado, para que en el suelo se complete el proceso de descomposición, siendo pues un grave error sepultarlo en el estómago de un ser racional, civilizado.

“Los que comen carne no hacen más que comer cereales y legumbres de segunda mano, pues el animal recibe de éstos el alimento que lo hace crecer. La vida que estaba en los cereales y en las legumbres, pasa al organismo del que las come. Nosotros a la vez la recibimos al comer la carne del animal. ¡Cuánto mejor no es aprovecharla directamente, comiendo el alimento que Dios dispuso para nuestro uso!”. E.G. White.

Las plantas a su vez, excepto naturalmente las venenosas, solamente pueden hacer el bien. Nutren el cuerpo, purifican la sangre y preparan el organismo para resistir contra la enfermedad.

Por eso toda persona, especialmente los padres de familia y las dueñas de casa, debían entender del preparo y aplicación de los remedios caseros de la rica y variada flora medicinal que existe.

Para que las plantas medicinales no pierdan su valor curativo, deben ser cogidas cuando no estén mojadas de relente (sereno). Se secan en la sombra, porque los fuertes rayos solares sacan de las plantas, después de arrancadas, una parte de las sustancias curativas, que se evaporan cuando son expuestas al sol.

Las raíces deben ser bien lavadas y picadas en pedacitos, antes de ser puestas a secar. Cuando ya están secas las hierbas –en la sombra como referimos-,  se examinan y separan las partes inservibles o deshechas. Conservando únicamente lo que está en buenas condiciones.

Las raíces, tallos, hojas y flores, picados y secos se guardan en cajas, en lugar seco.

Es bueno examinarlas de vez en cuando y si estuviesen conservando humedad, se secan de nuevo. Las que hieden a moho, ya no sirven para fines curativos.

Se debe anotar, naturalmente en cada caja, cuidadosamente, la clase de hierba que contiene, para evitar confusión.

De este modo cada cual puede tener en casa, su propia farmacia herbaria.



Publicacion: Domingo 21 de Enero de 2018 


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