El Domingo para contemplar lo que está escrito sobre la cruz Por: Sady Espinel, Pbro. | Especiales | Variedades | EL FRENTE
 
 
 
 
 
 


Variedades - Especiales


El Domingo para contemplar lo que está escrito sobre la cruz Por: Sady Espinel, Pbro.



El Domingo para contemplar lo que está escrito sobre la cruz Por: Sady Espinel, Pbro. | EL FRENTE
Evangelio: Lucas 23,35-43. En aquel tiempo el pueblo estaba mirando a Jesús y los jefes se burlaban de él diciendo: –Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si es el Mesías, el predilecto de Dios. También los soldados se burlaban de él. Se acercaban a ofrecerle vinagre y le decían: –Si eres el rey de los judíos, sálvate.

Encima de él había una inscripción que decía: Éste es el rey de los judíos. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: –¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros. Pero el otro lo reprendió diciendo: –¿No tienes temor de Dios, tú, que sufres la misma pena? Lo nuestro es justo, recibimos la paga de nuestros delitos; pero él, en cambio, no ha cometido ningún crimen. Y añadió: –Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí. Jesús le contestó: –Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso. – Palabra del Señor.

Reflexión

En nuestra Iglesia finalizamos hoy el año litúrgico con la solemnidad de Cristo Rey. Después de haber hecho un recorrido por el Evangelio de Lucas vamos hoy a meditar en este Evangelio que pareciera traído de los cabellos para hablar de Dios como Rey, pero el Evangelista lo presenta desde una óptica teológica y dentro de unas circunstancias tan particulares que tenemos que remontarnos al antiguo Israel.

Los israelitas esperaban un gran rey. Lo imaginaban rico, envuelto en ropas preciosas, fuerte, sentado en un trono de oro. Lo querían ver dominando a todos los pueblos y humillando a los enemigos, obligándoles a postrarse a sus pies y a morder el polvo (Sal 72,9-11). Nutrían la esperanza que su reino fuera eterno y universal.
En la lectura evangélica viene presentada la respuesta a estas expectativas. Estamos sobre el Calvario, Jesús está clavado en la cruz, con dos bandidos a sus lados, sobre su cruz está escrito: Este es el rey de los judíos (v. 38). ¿Será este el hijo esperado de David? No, no es posible: este es solo un desdichado. ¿Dónde están las señales de la realeza?

No está dominando desde lo alto de un trono de oro, se encuentra clavado en una cruz; no está rodeado de siervos que le sirven, que se inclinan a sus pies; no hay soldados listos para acatar sus órdenes. Se encuentra frente a gente que lo insultan, se burlan de él; no lleva un manto lujoso, está completamente desnudo.

¡Qué extraña regalía la de Jesús!

No amenaza a nadie, habla palabras de amor y de perdón para todos; no obliga a sus enemigos a morder el polvo, es él el que bebe el vinagre. A sus lados no tiene a sus ministros, los generales de su ejército, sino a dos criminales.

Un día Santiago y Juan le habían pedido: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mt 10,37). Haber sabido lo que estaban pidiendo…

¡Qué extraña regalía la de Jesús! Es lo opuesto a aquella que la gente está habituada a imaginar. Desgraciadamente muchos cristianos no han cultivado una esperanza distinta a la que tenían los judíos: han identificad el reino de Cristo con las victorias y los triunfos y con el respeto que los jefes de la iglesia lograron imponer a los grandes de este mundo.

La inscripción puesta sobre la cruz proclama: rey de los judíos a un hombre derrotado, incapaz de defenderse, privado de todo poder. Un rey así hace fracasar todos nuestros proyectos. Vuelve entonces, con insistencia, la misma pregunta: ¿cómo es posible que sea el mesías prometido? Veamos primero las tres escenas que están descritas en el Evangelio de hoy.

Está presente, primeramente, el pueblo. ¿Cómo se comporta? No hace nada, nada de bien o de mal: están mirando (v. 35). Están asombrados, sin darse cuenta de lo que está acaeciendo. No entienden cómo un hombre que muere sin responder pueda ser el rey tanto tiempo esperado. Es un justo, pero ¿por qué ahora no interviene Dios para salvarlo?

Hemos notado otras veces en este año litúrgico, que Lucas muestra mucha simpatía hacia los pobres, hacia los últimos, hacia la gente sencilla. Este evangelista presenta al pueblo mudo y perplejo a los pies de la cruz: quiere decir que no son responsables de la muerte de Cristo. Algunos versículos más adelante dicen: “Toda la multitud que se había congregado para el espectáculo, al ver lo sucedido, se volvía dándose golpes de pecho” (Lc 23,48).

El pueblo asombrado representa a toda esa gente bien dispuesta que buscaba entender el proyecto de Dios, pero no lo logra, porque los que deben iluminarlo están, a su vez, ciegos.

Junto al pueblo, al pie de la cruz se encuentran los jefes. ¡Ellos son los verdaderos responsables! Ellos, como los ancianos de Israel que han ungido a David en Hebrón, deberían reconocer en Jesús a mesías prometido, En vez lo ultrajan: no es el rey que les agrada, es un vencido, es incapaz de salvarse a sí mismo, no desciende de la cruz (v. 35).

 ¿Por qué Jesús no les da la prueba que estaban buscando? ¿Por qué no desciende de la cruz? ¿Por qué no produce el milagro? Si lo hiciera convencería a todos y evitaría un enorme crimen. Si descendiese de la cruz, todos creerían. ¿Pero en qué cosa? En el Dios fuerte y potente, en el Dios que derrota y humilla a los enemigos, que responde culpa por culpa a las provocaciones de los impíos, que infunde temor y respeto… Pero este no es el Dios de Jesús.

Si descendiese de la cruz traicionaría su misión: reforzaría la falsa idea de Dios que los guías espirituales del pueblo tenían en mente. Confirmarían que el verdadero Dios es aquel que los poderosos de este mundo han adorado siempre porque es similar a ellos: fuerte, arrogante, opresor, vindicativo, armado.

Este Dios fuerte es incompatible con el que se ha revelado con Jesús en la cruz: el Dios que ama a todos, aun a los que le persiguen, que perdona siempre, que salva, que se deja vencer por amor.

Dios no es omnipotente porque con su inmenso poder pueda hacer lo que quiere, sino porque ama de forma inmensa, porque se pone sin límites ni condiciones al servicio del hombre. La suya no es una omnipotencia de dominio, sino de servicio. Lo hemos visto en Jesús que se inclina para lavar los pies de los discípulos: ese el verdadero rostro de Dios omnipotente, del rey del universo.

“Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”

El tercer grupo que se encuentra al pie de la cruz es el de los soldados. Se trata de hombres pobres, separados de sus familias y enviados, por poco dinero, a cometer violencia contra un pueblo de idioma, costumbres y religión diferente. Lejos de sus esposas, de sus hijos, de sus amigos, han suprimido todos los sentimientos humanos y se desenfrenan con aquellos que son más débiles que ellos. Más que culpables, son víctimas de la locura de otros superiores a ellos.

Solo pueden seguir órdenes, no cuenta su opinión personal, repiten las palabras que han oído decir a sus superiores: “Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (v. 36).

Po miedo, por poco dinero, por ignorancia han vendido su conciencia; colaboran con las injusticias a la supresión, a la violencia contra los más débiles. Han sido educados para creer solamente en la fuerza y el que confía en las armas respeta al que vence y desprecia al que pierde. Ahora Jesús está de parte de los vencidos.

La segunda escena (v. 38) ocupa el centro del relato. Presenta lo que está escrito sobre la cabeza de Jesús.

Lucas presenta una invitación a sus cristianos y también a nuestras comunidades: ¡Contemplen lo que está escrito sobre la cruz! Delante de esto es ridículo todo deseo de gloria, toda voluntad de dominio, todo deseo de ocupar los primeros puestos. Desde lo alto de la cruz Jesús indica a todos que es el rey escogido por Dios: es él el que acepta la humillación, que sabe que la única manera de dar gloria a Dios es buscar el último puesto para servir al pobre.

Hemos contemplado lo que sucede al pie de la cruz, y luego hemos considerado la inscripción puesta arriba.

La tercera escena (vv. 39-43) se desarrolla a los costados de Jesús, donde están crucificados dos malhechores. Igual que el pueblo, como los jefes, como los soldados, uno de ellos no comprende nada. Lo único que espera del Mesías es la liberación del suplicio al que está sometido; Jesús no lo ayuda, se muestra incapaz de escuchar su pedido.

“Hoy estarás conmigo en el paraíso”

El segundo criminal es el único que reconoce en Jesús al rey esperado: “Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino”. Lo llama por su nombre. Ha entendido que con él puede usar esta confidencia. Lo siente amigo, el amigo de quien ha tenido una vida devastada. No lo considera un “señor”, sino un compañero de viaje, uno que ha aceptado seguir, aunque siendo justo, la suerte de los impíos.

No espera de Jesús una liberación milagrosa, quiere solamente consumar con él el último paso de la vida, de esa vida que ha sido una sucesión de errores y de crímenes. Jesús le promete: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

La historia de este criminal, es la historia de todos: ¿Quién no se ha comportado como él? ¿Quién alguna vez no ha truncado la vida de algún hermano con el odio, la calumnia, la injusticia? ¿Quién no ha provocado pequeños o grandes desastres en la sociedad, en la familia, en la comunidad cristiana?

En el fondo muchos continúan pensando que, sobre la cruz, la realeza de Jesús no ha sido la correcta. Piensan que eso fue solamente un momento infausto; que la verdadera manifestación vendrá más tarde, al fin del mundo, en el momento de rendir cuenta. Allí se verá brillar la gloria de Cristo: él resurgirá con su ejército de ángeles y mostrará a todos su potencia, especialmente a aquellos que lo han crucificado.

Antes de morir, Jesús pronunció una sentencia de absolución frente a sus torturadores. ¿Será válida hasta el final o se trata de una afirmación provisoria y susceptible a revisión? ¿Será cierto que aquellos que lo han condenado y matado no sabían lo que estaban haciendo (Lc 23, 34)? Quizás alguno piense que en el calvario Jesús no estaba en condición ideal para valorar objetivamente la responsabilidad de aquellos que lo estaban crucificando y, mucho menos, para manifestar toda su gloria.

Pues bien, si todavía cultivamos pensamientos semejantes, es porque no hemos captado el rostro de Dios que Jesús ha revelado.





Publicacion: Sabado 19 de Noviembre de 2022 


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